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Los recuerdos que piden una historia

hace 6 horas
3 min de lectura

Hace poco mi hermano mejoró digitalmente el único retrato que conservamos de mi abuelo materno. La fotografía estaba desgastada y sus facciones apenas se distinguían. Al verla restaurada, encontré un rostro fino, unos ojos achinados y una expresión que me hizo detenerme.


Siempre he dicho que esos ojos son una de las cosas que heredé de él. No llegué a conocerlo. Había fallecido cuando yo nací. Sin embargo, su presencia ha ido tomando forma a través de los relatos de mi mamá: un hombre trabajador, respetado en su pueblo, atento a su familia y dueño de una sabiduría nacida de la experiencia. Ella habla de su capacidad para observar y reflexionar antes de decir una palabra.


Miré aquel rostro y me pregunté cómo habría sido conversar con él. También pensé en lo extraño y hermoso que resulta conocer a alguien a través de la memoria de otra persona. Hay recuerdos que no nos pertenecen por completo. Los recibimos como una herencia: una anécdota repetida en familia, un gesto descrito por una madre, la felicidad de unos primos que pasaban el verano en la finca con su abuelo.


Quizá una historia pueda nacer también de ese territorio. No del recuerdo vivido, sino de la ausencia que intenta reconstruirse.


En mi familia paterna, la memoria suele llegar acompañada de música. A mis parientes les gustaba reunirse a cantar. Mientras una persona entonaba una canción, otra podía levantarse a bailar.

Pienso en esas escenas y comprendo que la música ha encontrado su camino hasta mí.


Hay melodías capaces de devolvernos a un instante preciso. Basta escucharlas para regresar a un lugar, reconocer una emoción o sentir de nuevo la alegría de un momento que no volverá. A veces ese regreso trae una sonrisa; otras veces, lágrimas. La canción parece abrir una puerta que creíamos cerrada.


Los objetos también guardan esa clase de memoria. En mi cuento Supervivencia doméstica, una caja de música ocupa un lugar especial. Mi abuelo paterno me la regaló cuando yo tenía quince años y ha permanecido conmigo durante muchos años. Al escribir el cuento, esa caja dejó de ser solo un objeto querido. Recibió una voz, una historia y un papel protagónico.


 Muchos de mis cuentos nacen de anécdotas familiares, escenas cotidianas o recuerdos que otras personas me han confiado. También me acompañan los refranes que escuché desde niña en las dos ramas de mi familia. Son frases populares que, de pronto, revelan una verdad humana. El título de mi libro Él escribe recto en renglones torcidos nació precisamente de uno de esos dichos que se quedan dentro de uno.


El recuerdo aporta una emoción. La ficción le da un rumbo. Una experiencia real puede entrar en una historia y transformarse hasta adquirir una vida propia. En La casa del ingenio hay elementos que proceden de la vida, aunque la narración tomó otro camino. Algo parecido ocurre en El cilicio por un beso: la huella de lo vivido permanece, mientras la imaginación construye su propia realidad.

Cuando escribo desde recuerdos reconocibles, cuido a quienes podrían verse reflejados. Cambio los nombres y combino rasgos hasta que surge un personaje con vida propia. Yo sé de dónde llegó una mirada o una forma de hablar; el personaje, sin embargo, ya pertenece a su historia.


Me fascina que dos personas puedan guardar memorias distintas de un mismo acontecimiento. Cada una retiene aquello que, por alguna razón, quedó unido a su manera de sentir. Recordar selecciona, ilumina unos detalles y deja otros en sombra. En esa parte incompleta de la memoria comienza a trabajar la imaginación.


Vuelvo entonces al retrato de mi abuelo. Sé muy poco de él por experiencia propia, pero sus ojos, la voz de mi mamá y las escenas que imagino han empezado a darle una presencia distinta. Tal vez escribir a partir de un recuerdo consiste en descubrir qué historia guarda todavía.


Por: Cristina Oses

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