La película
- hace 2 días
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Por: Cristina Oses

¿Alguna vez has pensado cómo será tu encuentro cara a cara con Dios?
Te confieso que yo sí. Por eso, si alguna vez me escuchas decir: «El día que pasen mi película», después de leer estas líneas comprenderás a qué me refiero.
Imagino ese instante como una sala en la que ya no habrá ruidos, excusas ni lugares donde esconderse. Dios y yo. Frente a Él, la película de mi vida comenzará a pasar. No sé si ocurrirá de esa manera. Es mi imaginación intentando acercarse a un misterio que la mente humana no alcanza a comprender. Sin embargo, nuestra fe sí nos enseña algo estremecedor: después de la muerte, cada persona comparece ante Dios y recibe el juicio particular sobre su vida.
El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con unas palabras que no dejan demasiado espacio para la duda: «La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo» (CIC 1021).
Pone fin al tiempo. La película habrá terminado. Entonces pasarán las escenas. Una detrás de otra, sin edición. Sin la versión que contamos para quedar bien ante los demás o ante nosotros mismos. Las veremos como Dios las vio. Allí no aparecerán solamente nuestras acciones, sino también aquello que provocaron. Quizás descubramos que una palabra pronunciada con impaciencia permaneció durante años en el corazón de alguien. Que nuestro silencio fue interpretado como abandono. Que la indiferencia con la que pasamos de largo aumentó la soledad de una persona.
También veremos el bien que hemos hecho. Ninguna obra realizada por amor será demasiado pequeña para los ojos de Dios: ni el vaso de agua, ni la visita, ni la paciencia ofrecida, ni el «gracias, Señor» pronunciado al final de un día agotador. Todo aparecerá bajo una sola luz. La medida será el amor, y esa verdad me estremece.
No bastará contemplar lo que hice. También aparecerá lo que pude hacer y no hice: las oportunidades de amar que dejé pasar, las veces que elegí la comodidad frente al dolor ajeno y las ocasiones en que supe cuál era el bien, pero decidí posponerlo.
Jesús nos advirtió que Él se encuentra misteriosamente presente en los demás: «En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí» (Mt 25,40).
También dijo a Saulo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). Saulo perseguía a los cristianos, pero Jesús no le preguntó por qué los perseguía a ellos. Le preguntó: «¿Por qué me persigues?».
Por eso que me duele imaginar que en mi película pueda aparecer una escena en la que haya herido a alguien y descubrir que, a través de esa persona, herí al mismo Cristo. Contemplar a alguien que necesitó de mí y comprender que fue Jesús quien pasó a mi lado mientras yo miraba hacia otra parte.
Ante la verdad de Dios no tendremos que fingir. Comprenderemos quiénes fuimos, cuánto amamos y cuánto nos dejamos amar por Él.
Quizás una de las dimensiones más dolorosas de ese encuentro sea precisamente contemplar su amor y reconocer todo aquello que todavía necesita ser purificado en nosotros.
María Simma utilizaba una imagen que siempre me ha impresionado. Comparaba el encuentro con Dios con la aparición de un ser de una belleza nunca vista, que nos ama y desea abrazarnos. Al contemplarlo, nace en nosotros un deseo irresistible de correr hacia Él; pero, al mismo tiempo, vemos con total claridad nuestra propia suciedad y comprendemos que todavía no podemos presentarnos ante ese abrazo tal como estamos. No tomo esta imagen como una descripción exacta de lo que ocurrirá. La recibo como una analogía espiritual que me permite imaginar el dolor de ver a Dios, reconocer su amor y descubrir que mí amor todavía no se parece al de Él.
Cuando pienso en el momento de mi juicio particular, mi imaginación va todavía más lejos.
Le he pedido a la Virgen María que me sostenga de la mano derecha y a mi ángel de la guarda que me acompañe de la izquierda. Quisiera sentir detrás de mí la presencia firme y silenciosa de San José, y a San Miguel Arcángel custodiando aquel encuentro. No porque ellos puedan ocultar mi vida ante Dios. Nadie podrá hacerlo. Los imagino allí porque son mi guía, modelo y auxilio en diferentes momentos de mi vida.
Aunque parezca audaz, anhelo con todo mi corazón llegar al cielo. Quiero vivir de tal manera que, cuando termine mi película, pueda mirar a Dios sin haber desperdiciado deliberadamente las oportunidades que me concedió para amar.
Todavía estamos a tiempo tú y yo. Podemos incorporar nuevas escenas. Detener una palabra hiriente antes de pronunciarla. Podemos pedir perdón y reparar el daño. Llamar a quien hemos olvidado. Escuchar sin mirar el móvil. Defender al ausente. Acompañar al que sufre. Hacer el bien que sabemos que debemos hacer.
Pero no siempre será así. Un día llegará la última escena. Quizás por eso convenga preguntarnos esta noche, antes de dormir: Si hoy hubiera terminado mi película, ¿cuánto amor habría encontrado Dios?
Porque al final, como dice la frase de San Juan de la Cruz «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor».























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