Mi reloj se jubiló antes que yo
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Por: Cristina Oses
Sentí un gran alivio cuando les conté a varios amigos lo que me estaba sucediendo. Su primera reacción fue reírse. Después, quizá al notar mi cara de asombro, trataron de tranquilizarme:
—No te preocupes. A mí también me pasó.
Hace ocho meses me retiré después de más de treinta y cinco años de vida laboral. Había esperado con ilusión ese momento. Deseaba contar con más tiempo para escribir, estudiar, dedicarme a nuevos proyectos y disfrutar otras facetas de mi vida que tantas veces tuvieron que conformarse con las horas que quedaban libres.

Sin embargo, cuando llegó el retiro laboral, también llegó algo para lo cual no estaba preparada: un pequeño desajuste entre el calendario y mi cabeza.
Al despertarme, por ejemplo, algunas mañanas no sé si es lunes, jueves, sábado o domingo. Todos los días comienzan a parecerse un poco cuando desaparece la obligación de prepararme temprano para iniciar mi jornada de trabajo.
Esta confesión fue la que provocó las risas de mis amigos jubilados. Al parecer, yo acababa de ingresar a una especie de club cuyos miembros comparten el mismo problema con los días de la semana.
En cambio, cuando se lo cuento a quienes todavía trabajan, reaccionan de otra manera:
—¡Ay, Cris, qué rico! Eso solo me pasa cuando estoy de vacaciones.
Y tienen razón. Es agradable no saber qué día es, siempre que ese despiste no te haga olvidar una cita médica, una reunión o algún compromiso.
Otra costumbre laboral continúa persiguiéndome. Cuando salgo a hacer diligencias, preparo una lista con todos los lugares a los que debo ir y me propongo resolverlo absolutamente todo ese mismo día. Entonces comienza la carrera: la búsqueda de una dirección, el tráfico, las vueltas para encontrar estacionamiento y la preocupación por llegar al siguiente lugar antes de que cierre.
En medio de aquella agitación, de pronto me pregunto:
—Cris, ¿por qué tienes que hacerlo todo hoy?
Solo entonces recuerdo algo que todavía estoy aprendiendo: que dispongo de otros días de la semana. Incluso existe la semana siguiente.
Creo que durante tantos años me acostumbré a concentrar las diligencias en un solo día, como si todavía dependiera del fin de semana o de un permiso de trabajo para atender todo aquello que no cabía dentro del horario laboral. Mi agenda ya comprende que la situación cambió; mi cabeza, en cambio, continúa comportándose como si el lunes fuera a encontrarme nuevamente frente al escritorio.
Durante más de treinta y cinco años, buena parte de mi vida estuvo organizada por horarios, reuniones y asuntos pendientes. Cuando finalmente llegó el tiempo de descansar, descubrí algo inesperado: mi reloj laboral se había jubilado, pero mi cabeza todavía no había firmado la carta de retiro.
Pasar de una rutina tan definida a otra más libre me ha obligado a bajar poco a poco la velocidad. No ocurrió de un día para otro. He tenido que aprender a distribuir mis nuevas actividades, establecer horarios y reservar algunos días para permanecer en casa. En ellos escribo, estudio, leo, trabajo en mis redes sociales, contesto correos; en fin, me dedico a ese trabajo intelectual que muchas veces no se ve, pero que también ocupa tiempo y energía.
En este nuevo ritmo también ha aparecido un regalo: más tiempo para las personas que quiero. Ahora puedo visitar a mi mamá sin mirar constantemente el reloj ni pensar en la próxima reunión. Puedo conversar con mi hija sin prisa y escucharla sin tener la mente dividida entre varios asuntos. También he recuperado el gusto de encontrarme con mis amigos sin la urgencia de acomodar la visita entre otros compromisos.
No puedo decir que no tenga nada que hacer. Lo más difícil no ha sido encontrar en qué ocupar el tiempo, sino aprender que no tengo que hacerlo todo de inmediato ni llenar cada espacio disponible.
Algunos días reservo actividades solo para mí y procuro respetarlas con la misma seriedad con la que antes respetaba una reunión de trabajo. Parece sencillo, pero no siempre lo es. A veces todavía aparece esa voz que pregunta si no debería estar haciendo algo más útil. Entonces debo recordarme que descansar, cuidarme, compartir con quienes amo y disfrutar de mi propia compañía también forman parte de esta nueva etapa.
El retiro no solo modifica los horarios; también cambia la manera de presentarnos ante los demás y, en cierta forma, ante nosotros mismos.
Durante años supe responder sin vacilar cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba. Ahora la respuesta es más larga, más libre y, por momentos, también más confusa: escribo, estudio, acompaño, creo proyectos y sigo descubriendo qué legado deseo dejar.
Quizá los cambios importantes funcionan así. Hay una fecha oficial en la que termina una etapa, pero nuestro interior necesita más tiempo para comprender que puede vivir de otra manera. Sucede con la jubilación, pero también después de un cambio de trabajo, una mudanza, la partida de los hijos o cualquier experiencia que altere el ritmo al que estábamos acostumbrados.
Todavía estoy aprendiendo a habitar este nuevo tiempo. Algunos días lo recibo con gratitud; otros intento llenarlo de tareas hasta dejarlo sin respiración. Pero poco a poco comprendo que cambiar de velocidad no significa haber perdido el rumbo.
Quizá esta etapa no llegó para que hiciera más cosas, sino para que pudiera estar más presente en aquellas que, durante mucho tiempo, fui dejando para después.
Y tú, ¿hay algo en tu vida que también te esté pidiendo aprender un nuevo ritmo?























Mi querida Cris, definitivamente que nunca dejamos de aprender, esos proyectos por los que uno tanto trabaja, hay que aprender a disfrutarlos y no dejarlos para después, porque ese después ya no llega ni nos encuentra en las mismas condiciones. Nos acostumbrados tanto como tú dices que nos perdemos a veces los momentos más hermosos porque nuestra prioridad es cumplir y el tiempo no siempre era nuestro aliado. Felicidades amiga, Dios siga guiando tus pensamientos.