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Vida interior

Lo que damos por seguro

Estaba cerca de la puerta de mi cuarto, a punto de empezar mi rutina de ejercicio, cuando escuché un ruido parecido al de un auto al arrancar. Parecía venir de la pared diagonal a donde me encontraba. Luego sentí que el piso se movía. Mi primera reacción fue pensar que algo me estaba pasando solo a mí. Creí que aquel mareo podía ser producto de algún problema cerebral. A los pocos segundos, el movimiento aumentó y comenzaron a caer cosas. Desde donde estaba, vi el librero de la sala tambalearse como si una mano invisible lo sacudiera.

Fueron los segundos más largos de mi vida. No tenía claro dónde protegerme. La mesa del comedor tiene el sobre de vidrio y el escritorio está en el área del balcón. Me quedé sujetándome con las dos manos junto a una pared de mi recámara, esperando que el movimiento terminara para salir.

Sentí que iba a morir. Los sismos siempre me han provocado pánico, y vivir uno en un edificio era una de mis mayores pesadillas. Mi temor era que la losa del piso superior se desplomara. Solo alcancé a repetir una oración: «Señor, por favor, ten piedad y misericordia de nosotros». La decía una y otra vez, como si fueran mis últimas palabras. Al recordarlo, me llama la atención haber pedido por nosotros, por quienes estábamos viviendo aquello.

Cuando al fin cesó el movimiento, tomé mi bolso y bajé las escaleras. Dejé la puerta del apartamento abierta y olvidé el teléfono. Solo pensaba que el edificio podía venirse abajo. Durante unos minutos no supe qué hacer ni a quién acudir. Mi cuerpo seguía temblando, como si hubiera absorbido aquella energía sísmica de pies a cabeza. Al intentar llamar a mi mamá y a mi hija, descubrí que no llevaba el celular. Poco después subí a buscarlo y a cerrar la puerta. Escuchar a mi familia y saber que todos estaban bien me dio un poco de tranquilidad.

Más tarde regresé al apartamento y comencé a recoger lo que se había caído. Todavía no conocía la magnitud de los daños que había causado el sismo. Quería preparar algunas cosas para pasar la noche donde mi mamá, pero una réplica fuerte nos hizo bajar nuevamente a varios vecinos. Permanecí unas dos horas más afuera antes de subir por algo de ropa. Regresé a casa el sábado por la tarde a terminar de recoger y acomodar todo en su sitio.

En los días siguientes he pensado mucho en lo que sentí. Sé que la muerte llegará en un momento que desconozco, pero imaginar el sufrimiento que podría precederla me inquieta, sobre todo por los dolores que ya he vivido.

Desde que mi hija se mudó, también me da miedo morir sola. Me cuesta admitirlo públicamente, pero está presente en mis oraciones. Procuro ser cuidadosa en casa y, cuando me siento enferma, se lo digo. A veces le recuerdo dónde guardo las indicaciones que necesitará cuando yo falte. Ella guarda silencio. Yo me pregunto cuánto de mi preocupación le estoy poniendo sobre los hombros.

Cuando leo sobre los sufrimientos de los mártires de nuestra Iglesia, me impresiona su valentía y me siento pequeña. Me pregunto cómo alcanzaron esa confianza que a mí tanto me cuesta. Recuerdo entonces el pasaje de Romanos 8,28, que habla de cómo Dios dispone las cosas para el bien de quienes lo aman. Intento comprender esas palabras desde mi propia fragilidad.

También vuelve a mí una pregunta de mi mamá. Cuando me preocupo por ella, suele decirme: «¿Es que tú no tienes confianza en Dios?». La recuerdo cuando el miedo me nubla los pensamientos. Todavía estoy aprendiendo a vivir esa confianza mientras siento temor.

Después de lo ocurrido, he pensado en quienes perdieron sus viviendas, en las familias que siguen fuera de sus hogares y en quienes afrontan daños que tardarán en reparar. Cada uno vivió aquellos segundos desde un lugar distinto. Hay preguntas sobre lo sucedido que necesitan respuestas, y hay sufrimientos ante los cuales cuesta encontrar palabras.

«Dios escribe recto en renglones torcidos». Esa frase, tan cercana a mí, hoy también me interroga. Confío en que Él irá revelándome poco a poco lo que ahora no alcanzo a comprender. Mientras tanto, encuentro señales de su presencia en la solidaridad de quienes llevan ayuda material, acompañan a las familias afectadas y oran por ellas.

Deseo que esa atención hacia nuestras provincias centrales se mantenga cuando dejen de ocupar los titulares. Que la reconstrucción permita contar con viviendas, escuelas y hospitales más seguros, y que también alcance a las iglesias y los monumentos históricos que guardan parte de nuestra memoria. Hay familias que necesitarán apoyo durante mucho tiempo.

Las réplicas todavía me hacen revivir lo ocurrido. Más de una vez he llorado lo que aquel día no pude llorar. Sigo teniendo miedo a sufrir y a morir sola. Le pido a Dios tranquilidad y confianza, mientras le doy gracias por cada día de mi vida.

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